sábado, 28 de octubre de 2017

La casa de ceniza (1967) de Abelardo Castillo




Abelardo Castillo nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, y luego se trasladó a la capital, donde realizó toda su carrera literaria.
En 1967 publicó la que hubiera sido su primera obra, una nouvelle o cuento largo, redactada originalmente en 1956, cuando el autor tenía 21 años y se encontraba realizando el servicio militar. La casa de ceniza, tal es su título, es quizás una de las narraciones más interesantes y a la vez menos consideradas de la literatura argentina. Novela gótica alucinada y profundamente inspirada en el mundo de Poe y Hoffmann, remite, retrospectivamente, a las intrigas siniestras de José Bianco, a la relación entre el arte y la locura que desarrolla Sabato en El túnel, y a una cierta mística invertida propia de Arlt. Castillo entronca así con una reducida tradición del relato gótico establecida en la literatura argentina desde las narraciones de Juana Manuela Gorriti, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, hasta algunos aspectos de la obra de Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, llegando a la actual Tempestad y asalto (2009) de Ángel Faretta.
Como creación literaria, el diabólico pintor Matías Wenzel está a la altura no sólo del Fernando Vidal-Olmos de Sabato o del Astrólogo arltiano, sino que también puede ser comparado sin desproporción con el Kurtz de Joseph Conrad o el Ahab de Melville.
Su retórica, a medio camino entre la oscura poesía iluminada de William Blake y, según el propio autor, ciertas descripciones pictóricas realizadas por el filósofo Jean-Paul Sartre, abunda en metáforas perturbadoras y una forma depurada de locura romántica. Para describir uno de los ominosos cuadros de Wenzel, por ejemplo, Castillo dice: “Él ya había pintado alguno de aquellos cuadros insólitos y sobrecogedores, como martirizados de luz, aquellas figuras que parecían ocultarse, desaparecer ante los ojos al ser miradas”. No resulta difícil encontrar aquí el eco de “El modelo de Pickman” de H.P. Lovecraft.
Por lo demás, el devenir de su obra después de los sesenta, la forma en que no fructificó una gran fuerza imaginativa para construir símbolos de la oscuridad humana, me hace pensar que Castillo habría podido ser, en algún punto, la continuidad, el mejoramiento, que Sabato no llegó a tener.

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