miércoles, 5 de octubre de 2016

William Blake (1910) de G.K. Chesterton



El William Blake de Chesterton es un libro demasiado grande. Su mayor virtud es que Chesterton cree en Blake. Cree en sus visiones místicas y en lo sobrenatural que éstas comportan. Pero si Blake juraba que sus cuadros y poemas eran inspirados por el contacto espiritista con ciertas almas célebres (Cristo, Job, Julio César, Newton o el anónimo inventor de las pirámides egipcias), Chesterton afirma que estos espíritus no eran quienes decían ser, sino engañosos demonios o espíritus ladinos, “la canalla del más allá”. Aunque Chesterton niega los argumentos convencionales de la época por los cuales Blake podría considerarse un loco, asegura que estos indeseables encuentros fantasmales serían los que habrían provocado un cierto tipo de locura más compleja: según Chesterton (y esta es la grandeza extravagante de esta biografía), Blake no era un loco por afirmar visiones de origen sobrenatural… estaba loco a causa de lo que estas visiones sobrenaturales le habían provocado a su vida psíquica; Blake no era un loco por afirmar la existencia de lo sobrenatural, sino que un contacto desmedido y descontrolado con lo sobrenatural lo habría enloquecido.
 Única como cada página de Chesterton, esta biografía está saturada de una forma de cristianismo que luego podremos reconocer muy bien en la teología y la literatura de C.S. Lewis, así como en los símbolos de Tolkien. Siempre provocando en el lector esa incomodidad devenida de conducir tanto la fe como la superstición por los caminos del sentido común, produciendo en nosotros un inevitable y por momentos siniestro asentimiento.

El país de octubre (1955) de Ray Bradbury




En los cuentos de The October Country (El país de octubre), cuesta reconocer al Ray Bradbury de Fahrenheit 451 o de Crónicas marcianas. Y, en todo caso, podría decirse que en estos relatos es posible encontrar el origen del autor, la fuente de sus principales ideas obsesivas, el truco al descubierto de sus procedimientos iterativos, los escenarios y situaciones a los que tiende cuando no lo constriñen las hormas genéricas y la obligación folletinesca con el lector (aunque sigan siendo cuentos de magazine). Me da la impresión de que en estos relatos se encuentra el Bradbury más auténticamente “artístico” y personal.

Entiendo que los mejores, aunque no los más conocidos, son “El siguiente en la fila”, “La jarra”, “El lago” y “La caja de sorpresas”. El primero es quizás el cuento más angustiante que he leído. Se sitúa en un México aborrecible y pesadillesco. Alguien podría argüir una lectura psicológica del relato, donde el espacio opresivo representa el tormento de la pareja protagonista. Yo prefiero una lectura ligottiana, donde es el “lugar malo” el que cataliza la bajeza de los personajes. El segundo relato me impresiona por lo abominable y casi sagrado de una idea que promete, pero que no llega a cumplir, la inminencia de una iluminación que no ocurre: en un pueblo, la gente se obsesiona con una criatura ambigua y no especificada que flota dentro de una suerte de pecera. El cuento juega con la ambivalencia entre que la criatura sea sólo una mera condensación de basura sin vida o bien alguna entidad indecible que inspira una extraña veneración en los lugareños más impresionables. El tercer relato es sólo una paradoja profundamente triste y macabra: mencionarla es traicionar la fuerza chocante y melancólica de su anécdota.
El cuarto, "La caja de sorpresas", supera la originalidad del argumento con la elaboración meticulosa de una atmósfera inolvidablemente extraña. Utiliza el argumento del aislamiento infantil para construir una atmósfera incestuosamente mágica y perturbadora: una madre cría sola a su hijo en una gigantesca casa en medio del bosque. Muchas habitaciones están vedadas. Ella le hace creer que la casa es el mundo y que la peligrosidad del exterior comporta una muerte segura. Le dice que su ausente padre es Dios. En cada cumpleaños del muchacho, la madre abre una nueva habitación para él o le revela algún nuevo misterio de la casa. Especialmente en este cuento campea esa estética de american gothic infantil – estética de Halloween, podríamos decir -  que tanto caracterizó al ilustrador Charles Addams (creador de Los locos Addams y colaborador con Bradbury en el proyecto que luego fue De las cenizas volverás, parcialmente esbozado en dos historias de El país de octubre). Mucho del mundo del Tim Burton más auténtico comparte un origen común con este “país de octubre”. A su vez, ecos de esta misma estética pueden encontrarse también en películas como Tideland de Terry Gillian, en los cómics de Neil Gaiman o en la ya clásica novela de fantasía gótica, Litle, Big, de John Crowley.

Profundidades (2005) de Henning Mankell



Suecia durante la I Guerra Mundial. Un marino especialista en hidrografía y en medición de profundidades marinas se obsesiona, durante una misión, con una pequeña isla habitada sólo por una joven y retraída viuda. 
 

Siendo uno de los autores más vendidos dentro de la diversa estirpe del policial escandinavo, Mankell traslada su capacidad genérica para construir un misterio hacia los delicados mecanismos de una trama existencial: un hombre que intenta develar su propio misterio, el cual, como en un tiro por elevación, abarca el de la mente humana, pero también el misterio de toda una idiosincrasia fermentada en torno a extrañas familias de enorme esterilidad emocional.
El título de la novela parece resumir toda una tradición de crueldad psicológica y autoanálisis en la cultura sueca, que abarca desde el teatro de Strindberg hasta cine de Bergman, y que probablemente puede buscar su origen en el teatro noruego de Henrik Ibsen. No en vano Mankell estuvo casado con Eva, la segunda hija de Bergman.
De hecho, Profundidades (Djup, 2005) de Mankell podría leerse como una versión bergmaniana y retorcida de El difunto Matías Pascal de Luigi Pirandello, aunque una versión ya impregnada de un desasosiego post-moderno (a pesar de estar situada durante la I Guerra Mundial) que la acerca a la esterilidad obsesiva de los personajes de Michel Houellebecq o a los símbolos solitarios y misántropos de Thomas Bernhard y a sus personajes frustrados y suicidas. Podría hablarse de una tendencia post-moderna que, aunque se nutre de diversas tradiciones, mantiene como denominador común una cierta actitud de recuperación del proyecto intelectual del existencialismo (lo cual, comporta, debe decirse, la reivindicación de una cierta forma de concebir el realismo). Así, en esta línea, podrían nombrarse, por ejemplo, no sólo Houellebecq o Bernhard, sino también John Kennedy Toole, Jerzy Kosinski, Raymond Carver, John Fante, Haruki Murakami o Elfriede Jelinek (en Argentina podría hacerse un arco que va desde la onettiana Matilde Sánchez al arltiano Salvador Benesdra): Profundidades me parece enmarcada justamente en esta voluntad existencialista. Y así como uno puede decir que Ampliación del campo de batalla de Houellebecq es El extranjero de los años noventa, o que Corrección de Bernhard logra el perfecto símbolo kafkiano, o que Raymond Carver ha heredado la sutileza patética y profundamente humana de Chejov, lo cierto es que Profundidades podría leerse como la versión más extrema y decadentista de “Wakefield” de Nathaniel Hawthorne, ese relato icónico donde un hombre decide abandonar a su esposa y mudarse a una pensión a pocas cuadras, para regresar muchos años después, como si nunca se hubiera ido. Lo inquietante del cuento, y que se transmite a la novela, es la gratuidad: el personaje no tiene motivo aparente para actuar de ese modo. Igualmente, a Lars Tobiasson-Svartman, el Wakefield de Mankell, sólo lo guía el vértigo de abandonarlo todo, de quebrar el orden social de sus comodidades burguesas, pero no en pos de una aventura, sino más bien azuzado por la curiosidad morbosa de ahondar en sus propios misterios (ese "espíritu de la perversidad" que aterraba a Poe). El método para este sondeo en el corazón de las tinieblas será el engaño. El vértigo de sí mismo, de lo que puede ser capaz, lo lleva a preguntarse: ¿qué sucedería si miento a todos a fin de distanciarme del mundo y bucear en mis profundidades?
Descubre en el engaño y en la destrucción instintiva de su vida, un método de exploración personal, de impulsiva auto-aniquilación, una náusea que le impele a desaparecer.
Y, sin embargo, esta novela no es una obra pesimista. La patológica voluntad de distanciamiento humano del protagonista parece ser el reverso de una fuerte prédica que Mankell elabora a favor de la cercanía.
Una novela invernal donde la atmósfera humana apática e incomunicada, profundamente sueca, estimula el desarrollo de una mente perturbada por la distancias emocionales, dispuesta a explorar las fronteras más lejanas de ese malestar, ansiosa por unirse amnióticamente con su vacío y deseosa con una suerte de heroísmo invertido, como decía Conrad, “a vivir su pesadilla hasta el final”.
Durante la lectura, uno experimenta una extraña sensación de morbosidad e inminencia psicológica, un deseo de avistar la profundidad oscura e insondable del protagonista, de acompañarlo en su caída, sin caer nosotros. Su viaje al abismo interior es el viaje que todos tememos realizar, un periplo cuya oscuridad puede ser despertada con una facilidad terrible: es tan sencillo matar a un ser cercano, es tan sencillo encerrarse en un laberinto de engaños y desmontar la vida que hemos construido, pieza por pieza, con la frialdad de un médico forense. Esa profundidad vertiginosa que busca el protagonista es el mal en su forma más pura: la gratuidad.

Como nota marginal para quienes hayan leído la novela, me gustaría notar que, en todo lo bergmaniano que posee la historia, no cuesta imaginársela como una película sueca de los años cincuenta, con las actuaciones de Gunnar Björnstrand (el rictus y la frialdad van perfecto con Lars Tobiasson-Svartman, el protagonista) y de Liv Ullmann y Bibi Andersson como Sara Fredrika y Kristina Tacker respectivamente (el paralelo perfecto que hacen en Persona, podría reproducirse en Profundidades como una correlación a la distancia)
En una versión actual, el actor danés Lars Mikkelsen resultaría ideal para representar la psicopatía flemática y metódica del protagonista.